Julio de 1983.

El “pibe” con 18 recién cumplidos llega a Viedma y estaciona frente a la plaza Alsina.

Salió temprano con el auto que su orgulloso padre le acondicionó con delicada maestría.

Recorrió 80 kilómetros repasando los “qué, cómo, cuándo, donde y quién” y se guardo para el final los “por qué” que tanto acentuaba Carlitos “Rengo” Fanjul en su ayudantía de la cátedra de “Periodismo Impreso I”, comandada por el inefable Teódulo Domínguez en la Facultad de Periodismo de La Plata.

Grabador en mano, de esos donde el rec y el play estaban casi pegaditos, sintió que esa era “la nota” que le servía para un práctico indispensable.

Había venido a Stroeder en clase turista del tren “General Roca” y eran sus primeras vacaciones luego de inscripción, examen de ingreso y cursadas con su traje de ilusiones a cuestas.

Un hombre de mirada vivaz, pletórico de bondad, lo recibió caluroso y lo invitó a sentarse en dos simples silloncitos mientras un té calentito ayudaba al invierno.

Año hermoso y tumultoso ese 1983 en el país.

Volvía el pueblo a votar luego de la noche más negra de la historia argentina.

La herida de los 30 mil desaparecidos, los sueños por cumplir, las ansias de militar por la vida cruzaban de norte a sur; de este a oeste.

-“Me comentó el Padre March que sos egresado salesiano y sé que tenés un primo desaparecido”, dijo Miguel Esteban Hesayne.

Habló de amar al otro, de volver a reconstruir un país solidario, de sentarnos a formar jóvenes que nos dieran una nación más justa.

– “Nada será posible sin justicia y sin verdad”, fue el  título en ese, el primer gran reportaje del joven proyecto de periodista.

Un par de semanas después, en los pasillos de calle 44 entre 8 y 9 de la ciudad de las diagonales, el texto y audio de la entrevista fueron compartidas por “el profe”.

-“Bien, negro, es un lujo que lograras este testimonio”, dijo el querible Fanjul y pidió autorización para publicarla en el diario El Día de la capital bonaerense, en lo que fue la primera nota publicada del “gordito de los silos”.

Eran tiempos sin celulares, sin internet y donde lograr una nota no siempre era tan fácil.

El valor de ese testimonio mientras se conocían los crímenes de lesa humanidad, radicaba en la voz de uno de los tres obispos que más protegieron la vida de cientos y miles.

Novak, De Nevares y Hesayne componían la tríada de prelados cuyo testimonio ayudaba a descorrer el velo y militar la conciencia.

Pasaron 36 años de esa mañana con sol despejado en la Manzana Histórica de Viedma.

Aquel joven lleno de sueños cumplió su anhelo y vivió y vive su periodismo.

En un alajerito redondo se guarda un rosario blanco que Hesayne le entregó al pibe.

-“Es para tu mamá, que me dicen que es una santa”, dijo con esa sonrisa tan peculiar que iluminaba el alma.

En estas horas se cumplen 44 años de la consagración de Miguel Esteban Hesayne como Obispo de Viedma.

Sin saberlo, entre tantas cosas, marcó a fuego la vocación de un periodista.

Conozco a ese joven hoy hecho abuelo.

Lo conozco tanto como que me llamo Ricardo Ariel Carlovich